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domingo, 20 de octubre de 2013

FIN DE LA ODISEA

Estoy aquí. No, no he dejado morir mi blog pero era presa de un profundo sopor. Y he vuelto. Otra vez. Lo seguiré haciendo una y mil veces, a pesar de mis ya habituales largas ausencias. 
Quizás no sea excusa pero me he visto atrapada en una espiral de la que me resulta complicado salir. O puede que me resista a ello.
El caso es que cuando, en 2007 y debido a las circunstancias, me vi empujada a abandonar la que había sido mi profesión desde hacía casi veinte años -era casi una niña- no imaginaba qué dirección tomaría. Deambulé durante cierto tiempo y, cuando parecía que había encontrado mi nuevo camino, mi brújula se volvió loca a raíz de un acontecimiento de máxima importancia y ansiado ferozmente, la asignación de mi hija, que me hizo aparcar la carrera que recientemente había emprendido o, cuando menos, dejarla bajo mínimos. Ese aparcamiento -como consecuencia de la prolongada espera, el tardío viaje a Etiopía, la vuelta a casa- se convertiría es un estacionamiento de larga duración. Porque luego llegaría el período de adaptación, y no solamente el de la niña a su nuevo mundo sino también el mío a las nuevas obligaciones. No es fácil reflotar un despacho con "horario restringido", dos niños a cargo y dependiendo de mí, sólo de mí, durante buena parte de la mañana y, a menudo, también de la tarde y de la noche.
Levantarme a diario a las siete, asearme, vestirme, empolvarme la nariz, preparar mochilas, despertar a los peques, vestirles, darles el desayuno, dejar a uno en el colegio y a otra en la guardería (a muchos kilómetros de distancia entre uno y otro centro)... Y, como muy tarde, a la una y media, recoger mi oficina, cerrar, coger el coche, esperar al mayor a la salida del cole, recoger a la pequeña en la guarde, volver a casa, darles comida... He calculado que, a lo largo de la mañana y sólo en estos menesteres, recorro alrededor de veinte kilómetros dando vueltas de un sitio a otro y sin salir de la ciudad.
A todo esto se une el hecho de que, desde que logré -a duras penas- adaptarme a esta situación que puede parecer, porque lo es, estresante, ha habido suerte laboralmente hablando y el trabajo se ha multiplicado por diez. Y no es mi estilo desatender las obligaciones ni incumplir los compromisos adquiridos con mis clientes. Ellos contratan un servicio y es mi deber ofrecérselo.
Y así podría relatar mil detalles que hace complicado el desempeño de mis funciones, como el hecho de que hay tardes o incluso días enteros en los que los niños no tienen colegio o guardería y soy la única persona que puede quedarse con ellos. Al menos, hasta hace poco.
Pero no era mi intención describir mi febril cuadrante horario, aunque no voy a negar que me ha servido, en cierta manera, de justificación y de desahogo. Sin embargo, vayamos a los "acontecimientos", porque realmente lo han sido. O lo son.
Al fin disponemos de un libro de familia en condiciones, donde figuramos todos, donde también está inscrita Lourditas. ¡Vaya odisea! Los que me habéis seguido lo sabéis, ¿verdad? En mi última entrada comentaba que ya había sido autorizada su inscripción, tras el largo periplo en su momento relatado, y que sólo habría que esperar los quince días de marras. Pues -sé que a estas alturas ya no se asombran- al final no fue así y hasta el 27 de agosto (casi nueve meses después de que mi hija llegase a España) no tuve el librito de las narices (y, ¿qué culpa tendrá el pobre libro?) en mis manos. Al volver al Registro a recogerlo, la funcionaria, la que me había asegurado que lo tendría sin demora pasados los quince días de rigor, se encontraba de vacaciones. Dudo mucho de que dos semanas atrás no tuviese prevista sus "merecidas" vacaciones. Pero bueno... Me armé de paciencia y, como según quien me atendió volvería a la semana siguiente, esperé al que se suponía -yo ya tenía mis dudas- que sería el día "D". Y allí me planté de nuevo para oír que aún no se había reincorporado al trabajo, que lo haría "al día siguiente". Otro paseo al edificio de los Juzgados, donde me conocen más por mis visitas al Registro Civil que por mi propio trabajo, para escuchar de labios de quien me había prometido que la inscripción estaría hecha nada más transcurrir los quince famosos días que no era ella la encargada de realizar dichas anotaciones sino que se trataba de su nueva compañera y que esta estaba aprendiendo... La otra, con una cara de mala leche que su imaginación no va a ser capaz de pintar, confirmó -cambiando de la mesa de la primera a la suya el expediente- que así era, añadiendo que le daría prioridad y que, una vez que supiese cómo tenía que hacerlo, "el mío sería el primero". 
¿Se pueden hacer una idea de cómo me marché esa vez? No, esto escapa ya al entendimiento humano y a la razón.
Pasaron los días. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Más de diez días después, desesperada, me encaminé otra vez al innombrable lugar donde tuvo lugar una "escenita" de los más rocambolesca y en la que puede decirse que fui la diana de sus dardos envenenados. Ya se habían presentado alegaciones, escritos y hasta reclamaciones y, cual dos alimañas, se ensañaron con mi persona (o a lo mejor es que están enfadadas con el mundo o con sí mismas y me usaron de válvula de escape o que..., bueno, diría algo más vulgar pero me lo voy a callar por respeto a vosotros), escupiendo una sarta de reproches y quejas mezclados con una serie de "enaltecimientos de sus personas" que me reservaré porque no me apetece en absoluto revivir aquellos momentos en los que hubo una enorme tensión y que concluyeron con mis lágrimas y casi, casi súplicas de que solucionasen un tema que ya estaba en sus manos. Cinco días naturales -tres días hábiles- después de aquella desafortunada fecha salía de esas malditas oficinas con el libro de familia en mis manos. Fin de la historia. 
Ya mi hija lo es también a efectos legales en España, lleva mi apellido y tiene los mismos derechos que cualquier otro niño español. Les aseguro que cualquiera de mis clientes de extranjería, pese a las trabas con que se encuentran actualmente y aunque las leyes se hayan endurecido en ese sentido, obtienen su NIE si cumplen los requisitos antes que mi hija su inscripción en el Registro Civil. 
Y ahora, para dejarles con buen sabor de boca, lo realmente importante y lo bonito de la historia.
Lourdes Rocío ya tiene dos añitos. Celebramos su cumpleaños el pasado 19 de septiembre. Está preciosa, sana y feliz. Y muy alta, ¡cuánto ha crecido!, y gordita... La próxima semana tenemos seguimiento en Sevilla. Me hace ilusión que Nati, la psicóloga que se encarga del mismo en la ECAI, la vuelva a ver y compruebe con sus propios ojos lo que he venido contándole y los grandes avances que mi pequeña ha experimentado en todos los sentidos.
No sé si me he extendido demasiado ni si llegarán al final de mi relato de hoy pero había que compensar la larga ausencia.
Quiero finalizar, como es costumbre, con mis sinceros deseos de que el ritmo se acelere y lleguen las tan ansiadas asignaciones, los juicios positivos y los viajes en pro de los sueños de tantas y tantas personas. Tengo ganas de emocionarme con un aluvión de buenas noticias y de que las lágrimas de alegría compartida empañen mis ojos. Un abrazo.