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domingo, 30 de diciembre de 2012

UN BRINDIS MUY ESPECIAL

Ya estamos a 30 de diciembre. Dos días restan al 2012. Y comenzará un nuevo año que, sin duda, no va a transcurrir sin pena ni gloria. Tengamos fe en ello...
A lo largo del año que está a punto de concluir, un@s han comenzado el proceso de adopción, el que les conducirá a su hijo o hija, otr@s han conseguido el certificado de idoneidad, hay quienes han firmado con una ECAI o los que han elegido el país de origen de sus hij@s, se han producido asignaciones, algunas personas hemos tenido la dicha de aumentar la familia, para otro sector de la "población adoptante", "familia bloguera" o como queráis llamarle ha sido un año de espera (que no es poco) y algun@s han celebrado un año más con sus pequeñ@s.
De cualquier modo y en todo caso, independientemente del punto del camino en el que nos encontremos, nos conozcamos o no personalmente, hay un importante nexo de unión entre tod@s nosotr@s, "caminamos por la misma senda hacia un mismo destino".
Ya que no es posible que nos reunamos físicamente en esa noche mágica (aunque sería ideal que nos transmitiésemos todo nuestro cariño mirándonos a los ojos y nos fundiésemos en un fraternal abrazo), os propongo que, cuando suenen las doce campanadas, pensemos un momento en nuestr@s compañer@s de viaje, levantemos nuestras copas y brindemos por un mágico año 2013 lleno de dicha, de felicidad , de salud y buenas noticias. ¡¡¡Va por vosotr@s!!!

jueves, 27 de diciembre de 2012

UN MENSAJE DE LUZ

Muchos de vosotros, seguramente, habéis vivido experiencias a lo largo de vuestras existencias que os han resultado complicadas, duras, traumáticas y hayáis tocado fondo. Pero, aunque estas hayan dejado cicatrices en el cuerpo o en el alma, puede que ahora las sintáis como algo lejano y que os preguntéis si aquello os sucedió realmente, que las rememoréis como si fuéseis observadores externos, espectadores de una película y que, incluso, pasen días y hasta semanas sin que siquiera los mitigados recuerdos os asalten.
Caminamos por sendas, hallamos puertas, las abrimos y entramos en una estancia llena de dolor, salimos, con mayor o menor dificultad, seguimos andando, damos con otra puerta, pasamos a otra sala de placer. Luego visitaremos otra repleta de incertidumbre y una más en la que habita la rabia y a otra de la que es dueña la alegría y nos adentraremos en la morada del amor y en la de la rabia y en la del desasosiego y en la de la esperanza...
Cuando, hace años, recibí tratamiento de quimioterapia hubo momentos en los que el dolor físico llegó al límite haciéndose insoportable. Fue una gran experiencia que me curtió y me hizo fuerte, de la que aprendí que tras el sufrimiento extremo no hay más que, necesariamente, el obligado alivio. Y así fue como cambió mi umbral del dolor tanto a nivel físico como psicológico.
Te cuento esto porque tal vez la llegada de esa "dicha infinita" se esté demorando más de lo que jamás pensaste y haya veces que pienses que has perdido la partida.
Te hago partícipe de mis vivencias y sentimientos -basados en mi historia personal- porque deseo transmitirte un mensaje de luz.
Si ahora estás en la cámara del desasosiego o en la de la incertidumbre o en la de la desconfianza o en la de la tristeza, pon todo tu empeño en salir de la misma lo antes posible y sigue abriendo puertas. Tras una de ellas, antes o después, encontrarás lo que buscas. Ten fe y ármate de paciencia.
Un día, volverás la vista atrás y tu felicidad será tal que dudarás de la veracidad de tanto tormento.
Verás como llueven estrellas sobre tu pequeño mundo.

domingo, 9 de diciembre de 2012

DESDE ESPAÑA, REMEMORANDO (El encuentro con mi hija)

En primer lugar, tengo que pedir disculpas por tan larga demora. 
Pensé que estar en Addis, sin obligaciones, sin ansias por la espera, me permitiría estar más tiempo delante del ordenador, pero no fue así. No puedo explicar por qué pero el caso es que esas dos semanas solos en el hotel, ya con mi hija, la llegada de las nuevas familias, las conexiones lentas, la lentitud de la conexión, el netbook -al que no me acabo de acostumbrar-, la diferencia horaria, el cambio de ritmo e incluso la altitud, hicieron mella en mí. Sin menoscabo de informar a quien lo desee de cada aspecto de manera detallada, dejo esos pormenores para un libro que he empezado a escribir y que espero concluir. 
Siempre he sido aficionada a escribir. De hecho, tiempo atrás, he conseguido algún premio o mención por mis poemas y relatos pero esa vocación se ha visto relegada a un segundo plano por las obligaciones y he comenzado a escribir varias novelas que han quedado inconclusas y guardadas en un cajón -cuando utilizaba la máquina de escribir- o en un archivo de word -cuando, a regañadientes, me subí al carro de las nuevas tecnologías-, aunque no descarto la posibilidad de retomarlas en un futuro no muy lejano. Pero esta vez tengo que conseguir mi reto. No sé si alguna vez verá la luz algún día pero, en el avión de vuelta, el que me condujo de Addis a Frankfurt, empezó a materializarse esa obra rica en sentimientos, emociones, datos, detalles y que constituye el homenaje aún callado, silencioso, a muchas personas que, sin saberlo, han sido decisivas en este proceso y forman parte de mi vida.
Creo que es de recibo, porque os lo debo y porque muchos lo habéis deseado y os queda la incertidumbre, contar cómo fue el encuentro con mi hija. Sí, ya puedo llamarla "mi hija". En Etiopía lo es desde que la jueza dictó sentencia a favor. En España aún no consta en mi libro de familia como un miembro más de la misma -pasado mañana espero la traducción jurada de la citada sentencia, el contrato de adopción y la partida de nacimiento, necesarios para inscribirla- pero lo hará muy pronto.
El lunes día 12 de noviembre, fecha del juicio en la Corte de Addis, desayunamos en el hotel Amanaya, donde nos hospedábamos. Mientras lo hacíamos, llegó nuestro hombre, Cachu, anunciando que, en pocos minutos, llegarían las cuidadoras de la casa de transición con la niña.
Y así fue... Eran, aproximadamente, las diez de la mañana. Estábamos en el hall del hotel charlando tranquilamente con él, que me decía que no había visto a madre más tranquila que yo, cuando, por la puerta que da al patio, vi acercarse a un hombre bien arreglado y, detrás de él, a una chica vestida de azul llevando en brazos a un bebé...
Me emociono con mucha facilidad. Soy una mujer de lágrima fácil. Pero no lloré. No sé de dónde saqué las fuerzas pero no lo hice. Seguramente los consejos de la asistenta social, de la psicóloga, repitiendo que el llanto podía asustar a la niña me hicieron prepararme psicológicamente para ese momento y reprimir el llanto. El caso es que la joven de azul, la cuidadora, depositó a la pequeña en mis brazos y yo la acogí suavemente, con mucho tacto, sin aspavientos. La acogí depositando en ella todo mi cariño y nos miramos a los ojos descubriendo el Aleph de Paulo Cohelo. No éramos dos extrañas. No acabábamos de conocernos. Nos reencontramos. El tiempo dejó de tener el significado que le damos habitualmente y el espacio que nos separaba hasta ese momento había dejado de existir. No se alteró. No lloró. Tanto es así que, a los pocos minutos, se durmió plácidamente y permaneció sumida en su sueño, con su cabeza sobre mi pecho, hasta que volvieron a recogerla hora y media después. Yo me limité a sentirla y a mirarla.
Cuando se la llevaron me mantuve tranquila. Sabía que nuestra nueva separación sólo duraría unas horas. Eran las once y media de la mañana. Descansé un rato, comimos temprano y sobre la una nos dirigimos a la Corte para el juicio.
Quiero aprovechar este espacio para decir a todos los padres y madres que aún deben pasar por ese trance que no deben temer nada. Evidentemente, por mi profesión, he visitado muchos juzgados. Es posible que muchos de vosotros no os hayáis visto en una Sala, en un juicio, jamás. Pero no debe imponeros. Sólo es un trámite. La jueza, una mujer joven que me pareció muy agradable y cercana, nada más que os hará unas breves y sencillas preguntas, concluyendo que la adopción es irrevocable y que el niño o la niña ya es vuestro hijo o hija. Nada más.
Tras el juicio -aproximadamente a las 14.45 h.- volvimos al hotel donde nos esperaba nuevamente la cuidadora, sentada en el sofá que hay frente al mostrador de recepción para entregarme a la que ya era mi hija, definitivamente y para siempre. 
Tampoco esta vez hubieron lágrimas y no puedo decir que fuese un el fin de un proceso ni el comienzo de algo porque no lo sentí así sino, como dije antes, un feliz reencuentro.