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sábado, 28 de abril de 2012

UNA HISTORIA REAL

Les voy a contar una historia  tan verídica como cercana que, si bien no consistió en una adopción tal como nosotros la entendemos, es decir, en el plano legal, sí que lo fue a efectos prácticos y puede acercar un poco más tanto a la cuestión en sí como a las consecuencias en los adoptados e incluso en sus descendientes.

Nos remontamos a la segunda mitad de la década de los 50. En aquella época, aún de postguerra en nuestro país, abundaban las familias numerosas y, al mismo tiempo, carente de recursos. Nos centramos en una de ellas. La pareja -hoy ya fallecida- perdió a dos o tres de sus hijos cuando sólo contaban con meses de edad debido a la falta de medios, las enfermedades, etc. En total, sacaron adelante a ocho, de los cuales aún hoy viven siete, ya que una de ellos murió a los 18 años víctima de la tuberculosis por no poder adquirir los medicamentos que necesitaba para su curación, consciente de que iba a morir y conocedora de que podía salvarse, según había pronosticado el médico que la trató, si recibía las medicinas que nunca pudieron suministrarle.

Cuando el matrimonio tuvo a su cuarto hijo, una niña de escaso peso, frágil y delicada, el padre decidió dejarla al cuidado de su hermana, tía carnal de la pequeña, y del marido de esta, ya que la pareja no podía tener hijos y su situación económica era bastante desahogada.

La niña empezó a mejorar pues no padecía ninguna enfermedad, sólo que era un bebé menudo que necesitaba alimentos adecuados para su correcto desarrollo. Entonces, los padres volvieron a hacerse cargo de ella. Pero en ese hogar faltaba el sustento y la situación volvió a repetirse en varias ocasiones, en una de las cuales la tía de la niña puso un ultimatum a su hermano, o se la dejaba de forma permanente o no volvía a acogerla de forma temporal. Parece ser que los padres del bebé se resistían a dejarla pero, alentados por la abuela -madre del padre de la niña y de su tía- decidieron que lo mejor para ella era que permaneciera con su tía, ya que dudaban mucho de que podrían proporcionarle lo que necesitaba para vivir.

Se cuenta, incluso, que la madre de la niña, en una ocasión, anduvo kilómetros sola y bajo la lluvia para ir a por su hija, que vivía con sus tíos en un pueblo vecino, pero que, al volver a casa, llegó a ser agredida por su marido, quien la castigaba por lo que había hecho basándose en que el bebé estaría mejor con su otra familia y que su hermana y su madre se llevarían un disgusto y sufrirían mucho si les arrebatan a la niña.
Pasaron los años. La niña creció en el convencimiento de que los que, realmente, eran su tía carnal y su tío político, eran sus verdaderos padres. Estos, siempre le ocultaron su verdadera historia y, desde que comenzó a hablar, le enseñaron a llamarles "papá" y "mamá", mientras que sus padres biológicos eran "sus tíos" y sus hermanos "los primos". La niña no entendía muy bien por qué no llevaba los apellidos de sus padres y estos coincidían con los de sus primos pero su mamá-tía se lo explicaba diciéndole que fueron ellos los que la bautizaron y le pusieron sus apellidos. En aquellos tiempos, los niños no eran como los de hoy y creían a pies juntillas lo que sus mayores les decían, por muy descabellado que pueda parecernos.

La niña vivió como hija única, sin pasar ningún tipo de necesidad en un ambiente de lujo y caprichos y ocupando un status social muy por encima del de la mayoría de los niños en aquellos tiempos y, por supuesto, a años luz del de sus hermanos, quienes apenas recibieron educación y se vieron obligados a trabajar duro desde que eran muy pequeños.

Pero el tiempo pasa y la verdad florece. Y en los pueblos, tarde o temprano, todo se sabe. Y llegó un día en que los chicos y chicas con los que jugaba y se relacionaba, quienes, seguramente, habrían oído la historia en sus casas, le dijeron que aquellos no eran sus padres sino aquellos a los que ella llamaba "tíos". Como pueden imaginarse, la muchacha nerviosa, inquieta, apesadumbrada, preguntó a su "madre" quien lo negó reiteradamente diciendo que eran invenciones de esos niños envidiosos. Para todos, ella era la "señorita" y sus hermanos "los primos pobres".

Hasta que la protagonista de nuestra historia creció y su "madre" no pudo ocultarle durante más tiempo la verdad, reconociendo que sus padres no podían mantenerla y que, cuando tenía cinco meses, junto con su marido, se encargó de ella para siempre. Pero, repitiéndole una y otra vez, que ella era su madre "porque la había criado".

Desde aquel momento, la que era ya casi una mujer albergó un resentimiento que, con el tiempo, creo que, en vez de apaciguarse, fue creciendo, la marcó profundamente y aún hoy, ya con más de 60 años, no ha dejado de sentir.

Cuando ocurrieron estos hechos y, a pesar de todo, continuó llamando "padres" a sus tíos. Era lo que había aprendido y los quería como tales. Pero comenzó a relacionarse con su familia de origen de otra manera, si bien a sus padres biológicos nunca los llamó así sino por sus nombres de pila y tampoco llegó a amarles como a un padre y a una madre. Sin embargo, sí que hablaba con sus hermanos y de estos como lo que eran realmente y, cuando tuvo hijos, se los presentó como tíos y a sus descendientes como primos, y viceversa, manera de la que siguen tratándose, con unos más, con otros menos -como en la muchas familias- entre sí.

Esta mujer, ya sexagenaria, no abandonó nunca a sus padres-tíos, los que la criaron como hija. Es más, cuando su tío político-padre enfermó se llevó a ambos a vivir con ella a su casa y, cuando este murió, su tía carnal-madre siguió viviendo con ella y la cuidó hasta que falleció hace un par de años. Sin embargo, su forma de quererla, aunque no dejó de hacerlo ni de llamarla mamá, fue muy peculiar. Decía que nunca le perdonaría que la hubiese mantenido engañada.

Actualmente, muy frecuentemente, quizás demasiado, relata su historia porque es algo que jamás ha logrado superar ni asimilar y siempre recuerda que lo que echa en cara a su tía-madre (más a ella que a su marido, porque era la voz cantante y la principal artífice de este entramado) es que le ocultase quién era en realidad y que le impidiesen relacionarse con aquellos niños como hermanos. Y, aunque pueda parecer exagerado, arrastra ese problema de identidad y ese trauma que, achaca, al hecho de haber sido engañada durante tanto tiempo.

Los hijos de esa mujer crecieron sabiendo lo que había ocurrido a su madre, quiénes eran sus abuelos biológicos y quiénes sus tíos-abuelos. Pero, para todos ellos, sus abuelos fueron siempre estos últimos, porque para su madre eran, a pesar de todo lo enrevesado de la historia y de sus sentimientos encontrados, sus verdaderos padres.

Es más, la mayor de todos fue, desde su más tierna infancia, fue la niña de sus ojos para su tío-abuelo. La primogénita, la mimada, la colmada de caprichos y atenciones... Y para ella él fue siempre, su único, su verdadero, su adorado abuelo. Y la mayor y más dolorosa pérdida de su vida, casi más que la de su propio padre, fue la muerte de este, quien falleció con una foto de su nieta, ya toda una mujer, en la cabecera de su cama en el hospital...

Entre ellos no había ningún vínculo carnal, biológicamente no existía nada en común, se trataba del marido de la tía de su madre. Pero eso, a pesar de que ella nunca lo ignoró, no fue impedimento para que existiese ese amor, esa admiración y ese estrecho lazo entre ellos. Algo grande, irrepetible y recíproco.

Aún hoy, bastantes años después de su muerte, la nieta favorita no puede reprimir las lágrimas ni pensar, cada vez que hay un acontecimiento feliz en su vida, cuánto hubiese disfrutado su abuelo viéndola feliz ni cuánto hubiese querido a su bisnieto y a la que, dentro de poco, sería su bisnieta. No le cabe duda. ¡Qué más da el hecho biológico! Hay algo mucho más intenso que une a las almas.

La niña, cuyos padres dejaron en manos de sus tíos, es mi madre.

La nieta, que aún hoy adora al que para ella era su verdadero abuelo, soy yo.

10 comentarios:

  1. Estefanía,conozco mas de un caso de lo que cuentas,tu madre experimentó lo que siente un adoptado.Un saludo

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    1. Marina, me alegro mucho de saludarte.
      Yo también pienso que sus sentimientos son los mismos y a mí me ha servido de mucho, sin duda.
      Gracias por tu comentario.
      Un abrazo.

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  2. Estas historias nos afecta de un modo directo, porque de éstas se aprende muchísimo. El trauma creado por la mentira, y los sentimientos contradictorios que se experimenta como consecuencia.

    Gracias por contarlo.
    Un beso,
    María J.

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    1. María J., como le he dicho a Marina, a mí también me ha servido y mucho para aprender. Quizás, por eso, estoy convencida de que las cosas hay que tratarlas con naturalidad, normalizarlas y no ocultar jamás nada. De hecho, mi hijo -con sólo 4 años- ve ya como algo normal que su hermanita vaya a venir de Etiopía, que vayamos a adoptar... todo.
      Gracias a ti por tu comentario.
      Y espero que nos veamos algún día.
      Besitos.

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  3. Menuda historia. Probablemente haya un montón de casos como el de tu madre ya que por aquella época en algunos casos no quedaba más remedio que hacer este tipo de cosas, simplemente en muchos casos por subsistir. El tema de la revelación es una cuestión aparte que aunque parezca mentira aun se dan casos en la actualidad.
    Un saludo y gracias por compartir tu historia.

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    1. Lidia, disculpa. Sabes que siempre respondo a todos los comentarios pero, no sé por qué, estos se me habían pasado.
      En aquella época, ciertamente, hubo muchos casos del mismo tipo. Lo que pasa es que no todo el mundo los "asimila" de la misma manera, claro está.
      Un besito.

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  4. Hola Estefanía,

    Me ha emocionado leer tu historia. GRacias por compartirlo con nosotros! Recibe un fuerte abrazo de tu amigo Jesús

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    1. Gracias, jequo, por leerla y por tu comentario.
      Un abrazo.

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  5. EStefania con la lagrimilla estoy hija ¡vaya historia¡ solo te puedo decir que gracias por compartirla
    Un beso
    Gema

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    1. Gracias a ti, Gema, por lo mucho que me das, por tu gran amistad. Un besito muy fuerte.

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